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viernes, 27 de marzo de 2009

DESVALORIZACIÓN DEL TRABAJO Y SOBREVALORIZACIÓN DEL CONSUMO


Amigos de elpaisde, en este último post los invito a leer un articulo que me parece muy interesante bajo las coyunturas actuales, esta extraído de un libro del sociólogo, catedrático y ex rector de la universidad ARCIS Don Tomás Moulian, en tiempos de crisis el consumo se ve severamente afectado, y haciendo un link con la entrevista a Don Juan Somavia el trabajo con mayor razón aun, pero ¿Cómo veía el trabajo nuestra sociedad chilena antes de la crisis? ¿ha cambiado la visión sobre estos dos aspectos importantes de la economía? Sin más que decir los invito a leer:

 

DESVALORIZACIÓN DEL TRABAJO Y SOBREVALORIZACIÓN DEL CONSUMO

 

Existen hipótesis que vinculan el éxtasis consumista con una creciente enajenación del trabajo.

 

La desvalorización del trabajo, como forma creativa de la actividad humana, tuvo su origen inicial en el sistema fabril y especialmente en el desmenuzamiento del trabajo generado por la introducción del taylorismo y, más en general, de los llamados sistemas fordistas de gestión.  Georges Friedmann, en su brillante trilogía sobre la historia del trabajo industrial, especialmente en su libro El trabajo desmenuzado, analiza los efectos del trabajo en cadena y de las técnicas de medición de los movimientos sobre la subjetividad del trabajador.  En la cadena industrial existe el parcelamiento del trabajo, la simplificación extrema de las acciones que cada agente ejecuta sobre objetos de movimiento.  El trabajo se convierte en la repetición extenuante del mismo movimiento, realizado infinitas veces, en un lapso de tiempo predeterminado e impuesto por la lógica de la serie.

 

La escenificación del trabajo que presenta Chaplin en Tiempos modernos revela hasta qué punto el hombre mismo, para poder seguir el ritmo de la máquina, debe hacerse émbolo o palanca.  En las escenas magistrales de esa película se muestra, mejor que en cualquier análisis teórico, la cosificación del trabajo humano en la civilización industrial.

 

Esa cosificación afecta al actuar humano en el trabajo, reduciendo al cuerpo a un dispositivo mecánico y eliminando de la acción cualquiera dimensión cognitiva, más allá de la percepción de objetos que se desplazan y se acercan,  sobre los cuales ha de ejecutarse, en el momento preciso, un movimiento simple.  Se impone el trabajo como carga física y como acción mecánica rutinaria.  Nada más lejos que el trabajo global del artesano, actividad que involucraba la destreza del cuerpo y las iluminaciones prácticas de la mente.

 

Esta rutinización y parcelamiento del trabajo, esta forma de la cosificación, estaba determinada por las modalidades sociales de organización del proceso de trabajo, en el marco dado de un determinado nivel de desarrollo tecnológico.  Pero en el último tiempo las tecnologías han evolucionado y también las modalidades de gestión.  Se ha hecho posible la transición a una época que se denomina postfordista.

 

En muchos sectores del trabajo industrial contemporáneo se han producido recomposiciones de la labor, para usar el término de Hanna Arendt.  Tiene lugar el paso de acciones simples  a acciones complejas.  La informatización de los procesos de trabajo requiere de trabajadores entrenados y el desarrollo de nuevas formas de división del trabajo  que incluyen la acción grupal obliga a desarrollar habilidades de liderazgo y de capacidad de toma de decisiones.

 

El trabajador industrial es cada vez menos un agente mecánico que sólo realiza acciones absolutamente prefijas.

 

En la misma dirección se orientan los efectos de la tercialización creciente que también afecta a las economías latinoamericanas.  En muchas empresas de servicios, especialmente aquellas que trabajan en los sectores financiero, de la publicidad, de la elaboración de software, en empresas consultoras, se hace necesario capturar la inteligencia del trabajador, porque el trabajo plantea desafíos intelectuales.  Esos trabajadores son escasos, muy demandados y de difícil sustitución.

 

En muchas ramas se ha superado parcialmente el carácter rutinario y mecánico de la etapa de la labor parcelada.  El trabajo evoluciona desde actividades desmenuzadas simples a actividades parceladas complejas y en ocasiones hacia la realización de  procesos globales.  Por esta vía y por otras que no  es posible detallar en este espacio, el trabajo recupera una cierta valorización como tipo de acción humana.  Ya no se le puede escenificar como el cuerpo de Chaplin convertido en una prolongación de la máquina.  Denominaré intrínseca a este tipo de valorización del trabajo.  Se trata de la apreciación subjetiva que el trabajador confiere a la labor misma haciendo abstracción de las condiciones sociales del trabajo.

 

Pero en los países latinoamericanos sometidos a reestructuraciones neoliberales, especialmente en Chile, ha tenido lugar una desvalorización extrínseca del trabajo.  Esta no afecta, como se ha señalado,  a la labor misma, a lo que el trabajador hace o realiza.  En una parte significativa de los casos, la labor se ha complejizado, requiriendo del trabajador algo más que respuestas estereotipadas y reflejas.  La desvalorización es producida por la modificación de las relaciones sociales y la instalación de un total sometimiento del trabajo al capital.

 

Esto significa que se ha generado un total desequilibrio de fuerzas entre trabajo y capital, el cual se materializa a través de los siguientes mecanismos: a) la flexibilización extrema de los mercados laborales, lo que implica que la amenaza de la pérdida del trabajo se cierne constantemente sobre el trabajador que no cumple las expectativas de los patrones por razones de productividad, disciplinarias o políticas, amenaza que también afecta al trabajador que cumple esas expectativas, apenas tenga lugar un ciclo depresivo b) desarrollo del trabajo temporal y precario, privado de la protección de las leyes laborales c) disminución drástica de la capacidad negociadora del movimiento sindical, especialmente por la limitación de ese derecho al ámbito de la empresa y por las restricciones al derecho de huelga, y d) disminución significativa de la tasa de afiliación sindical, resultado de la impotencia cada vez mayor de ese movimiento.

 

El panorama descrito corresponde a Chile, país donde la dictadura militar generó radicales reformas laborales e introdujo la libertad total de afiliación sindical y una gran flexibilidad para formar varios sindicatos en una misma empresa.  Sin embargo, los otros países latinoamericanos deberán avanzar tarde o temprano en esa dirección.

 

Se presenta una situación aparentemente paradojal pero ya visualizada por Marx: la libre circulación de la mercancía fuerza de trabajo realiza la libertad formal del trabajador, pero concreta su sometimiento real. La libertad que se obtiene es la de someterse al mejor postor, sin que ningún límite jurídico lo impida, como se lo impedía al siervo.  Pero la tendencia va hacia el debilitamiento de los límites jurídicos que lo protegían, impuestos por las luchas sindicales.  El caso extremo del continente es el chileno.  Pero ese es también el paradigma.  Se busca la existencia de trabajadores atomizados, abandonados a su suerte individual, que apenas pueden apoyarse en las muletas quebradizas de un sindicalismo debilitado.

Un mundo laboral plagado de incertidumbres e inseguridades, un trabajador sometido a las coacciones disciplinarias y a la voluntad omnímoda de jefes y patrones.  La labor como una especie de prisión a tiempo parcial, un mundo donde pocos se sienten retribuidos según su esfuerzo y tratados según su mérito.  La mayoría vive el yugo de la coacción ascética, la privación de todo placer.

 

Es evidente que ese mundo sería asfixiante y atosigante si no existieran compensaciones fuera del mundo del trabajo.  La situación general puede describirse así: una existencia laboral incierta, competitiva, en ocasiones organizada como un panóptico, más el encierro en ciudades poluidas y extenuantes, en las cuales el transporte a los lugares de trabajo absorbe una cantidad significativa de tiempo muerto.  Lo más probable es que esa situación generaría un descontento sombrío.

 

Esa vida de pura frustración se cerniría como un fantasma amenazante sobre el orden.  Por eso, frente al universo incierto y ascético de la vida laboral, se inventa como contrapeso una salida, la construcción hedonista del mundo, materializada en las posibilidades fluidas del consumo a crédito.

 

Extracto de “el consumo me consume” editorial Lom

 

Desvalorización del trabajo y sobrevalorización del consumo página 49 “el consumo me consume”.

 

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